• ¿Se dimite en España? El año pasado lo hicieron 188 políticos…

    “En este país no dimite nadie”.

    Lo oímos constantemente.

    Pero, ¿es verdad? Conozcamos los datos.

    En 2014, 188 políticos y altos cargos dimitieron de sus cargos.

    Al menos 106 lo hicieron por casos de presunta corrupción o posibles irregularidades. Otros 82 lo hicieron por diferentes causas, muy variadas, entre las que destacan las discrepancias con su partido o con otra autoridad.

    En 2 meses de 2015, son ya 55; 24 relacionadas con situaciones polémicas y otras 31, por razones ajenas a los escándalos; muchos para presentarse a las elecciones en una formación distinta a la que actualmente militan.

    Probablemente son cifras que no tenemos en la cabeza cuando decimos  “aquí nadie dimite” o “algo muy gordo tiene que ser para que alguien dimita”. Como tampoco recordamos que, desde que se instauró la democracia, han dimitido 15 ministros y 11 presidentes en activo de Comunidad Autónoma.

    La memoria es muy frágil. Sobre todo frente a ideas muy arraigadas.

    Afortunadamente, hoy en día la información es muy accesible y explotable, y nos permite disponer de datos para formular juicios más certeros.

    Conocidas las cifras reales, ¿qué reacción popular cabría esperar a las mismas?. No lo se; pero, como nos suele resultar difícil cambiar de opinión rápidamente, se me ocurren algunas:

    1- “Pocos son para los que tendrían que dimitir”. Puede ser. O no. No lo sé con certeza, y no es fácil enjuiciar si debiera haber muchos otros candidatos a abandonar la vida pública de manera justa.

    2. “Pues,si, son muchos, demasiados. No tendría que haber corrupción”- Utopía  y deseo. Un objetivo, -el de la ausencia de prácticas deshonestas-, poco realista a corto plazo, probablemente incluso en los países de mayor ética pública si los analizamos con rigor.

    En cualquiera de los casos, 188 dimisiones, al menos, -podrían ser más por la dificultad de un rastreo exhaustivo provincia por provincia-, desmienten la arraigada afirmación de “aquí no dimite nadie”.

    Y  significa que la dimisión, aunque sea a regañadientes, y a veces tarde, -siempre lo es cuando afecta a un partido al que no hemos votado-, hoy forma parte de los usos políticos en España.

    Esta realidad supone un notable avance en los mecanismos de responsabilidad política. Al haberse insertado en nuestro panorama político, es un hábito ya de control de la actividad pública. Probablemente in crescendo, si lo sabemos gestionar. Reconozcámoslo.

    Por ello, si queremos que enraice, no nos ensañemos más de lo necesario con quien dimite y lo hace rápido. No vaya a ser que la gente prefiera la crítica por no dimitir a la de dimitir, si el precio de la presión social y política es el mismo. No puede serlo.

    Si no lo hacemos así, estaremos quitándole valor a un acto que, -aunque sea mínimo-, supone una reparación parcial y evita males posteriores del mismo autor, -o de terceros-, si conseguimos elevarlo a hábito asumido con normalidad, sin tragedia.

    Sólo esto no configurará un futuro perfecto, pero mejorará la vida pública, que es de lo que se trata en definitiva; que la dimisión sea un mecanismo de higiene democrática y de prevención de errores, y no un mero castigo añadido del que incluso sea posible escapar si se tiene mucho aguante o mucha cara.

Deja un comentario.

You must be logged in to post a comment.